Capítulo 2 – Las ciénagas de las civilización perdida (Parte 1)

noviembre 29, 2008

Parte 1 – La partida

La noche se hizo día, y en la tenebrosa fortaleza algunos haces de luz se atrevieron a atravesar sus gruesos muros. El grupo despertó en la penumbra. El aire se hacía más y más bochornoso, y el hedor que los había acompañado durante la noche resultó ser bastante más desagradable de lo que esperaban.

Los aventureros recogieron sus pocas pertenencias y marcharon en la sombra en busca del aire y la luz que en ese momento era lo que más necesitaban. Atravesaron de nuevo el pasadizo de las antorchas y por último el gran portalón de la entrada. La brisa acarició de nuevo sus cuerpos y la intensa luz del páramo les cegó, pero esta vez el aire no era frío y limpio, sino que abrasaba sus pulmones y su piel. Así era el ambiente en los páramos del este.

Un paraje seco y desolado se extendía en todas direcciones. Salvo algunos secos arbustos espinosos, la tierra era yerma y reseca. De no ser por la útil brújula de Tallit el grupo se hubiera perdido irremisiblemente en el desértico paisaje. El mago la sacó de nuevo al salir de la fortaleza y con extraordinaria rapidez indicó a sus compañeros la dirección que debían tomar, hacia el oeste, justo al otro lado de la puerta que acababan de atravesar. Los cuatro caballos seguían allí. Eran de lo mejor de Imperia. Quizá lo único bueno que habían recibido de la Asociación. El enano y el mago montaron con dificultades y siguieron a los otros dos lentamente.

El medioelfo controlaba a su zorro acariciando suavemente su lomo con el talón. El animal ladraba alegre ante el nuevo ambiente luminoso y aireado cruzándose por delante de la montura de su amo continuamente. Ledian observó el páramo con detenimiento mientras rodeaban el castillo. Si no fuera por los relatos de las bibliotecas hubiera jurado que ellos cuatro eran los únicos que habían pisado estas tierras en miles de años. Los únicos excepto los orcos, que parecían estar en todos los lugares abandonados. El medioelfo se dirigió hacia Shagar que trotaba ligero sobre el agrietado suelo.

– ¿Qué planes tienes?

– Estamos a unos mil kilómetros de las ciénagas. Si avanzamos deprisa tal vez las alcancemos en unos cuatro o cinco días. Después tendremos más problemas. La zona será demasiado pantanosa para los caballos en esta época del año. Cuando pasamos hace un mes aún no habían llegado las lluvias.

– Tendremos que prescindir de los caballos o nos demoraríamos demasiado, aunque es una lástima – dijo acariciando al noble animal que montaba.

– Tienes razón. Tendremos que atravesar los promontorios y estos animales no están hechos para trepar montañas – el elfo tiró de las bridas y se apartó de su compañero para reunirse con Tallit y con Broger.

La fortaleza quedó atrás y de nuevo, la inmensidad del páramo se extendió tanto a sus espaldas como por delante de ellos.

– Tendremos que galopar unos días hasta las ciénagas y después abandonaremos a los caballos y atravesaremos los promontorios rocosos a pie – anunció el clérigo.

cienagas

Las ciénagas (no original)

– ¿Y después qué? – preguntó el enano que parecía algo molesto con la situación.

– ¿Qué insinúas?

– Insinúo que tal vez no tenga sentido que sigamos en esta farsa de trabajo. Cuando nos presentemos en Badenburgo con esa “oreja” no creo que nos paguen más de veinte blasones por cabeza. Sé como se las gastan esos empresarios.

– ¡Hemos sido contratados para pacificar ese lugar –exclamó el elfo señalando a la ya lejana fortaleza – y si no estás de acuerdo creo que no deberías haber venido desde un principio!

– ¡Oh! ¡Por Lune! ¿Eso crees? Pues quizá tengas razón. A lo mejor no debería haber venido. Y créeme que cuando vuelva no pasaré por la capital sino que me dirigiré directamente a las montañas con mi pueblo.

– Está bien. Veté al feo agujero del que procedes. Yo cumpliré lo que se me ha mandado y si Syrene así lo desea no permitiré que nadie me aparte del camino.

Broger se apartó del elfo no sin antes dirigirle una mirada que no podía significar nada agradable.

– Bien. Pues si nadie tiene más que decir sigamos con el mismo plan– dijo el elfo ignorando la marcha del enano.

Tras cuatro días de trayecto se empezó a divisar en la lejanía las primeras zonas pantanosas de las ciénagas. Aquella región, que se extendía al sureste de Calym, permanecía deshabitada por su geografía accidentada y su casi irrespirable atmósfera. En el pasado, había sido un próspero lugar, nexo entre las culturas occidentales y orientales, y donde el comercio crecía en importancia. Su capital, Kalico, se erguía abandonada al norte del país. Por el centro de los pantanos discurría una serpenteante carretera, ahora anegada, que los aventureros tendrían que seguir para atravesar la peligrosa región y poder llegar a Imperia.

El grupo cabalgaba separado entre las aún secas tierras orientales. Ledian se adelantó hasta la posición del enano, que aún continuaba enfadado con el clérigo, con el fin de apaciguar sus ánimos. El zorro del medioelfo, cansado de correr detrás de los caballos, descansaba sobre la grupa del animal. Ledian pensó que no debía haberlo traído a esa misión. Hasta entonces, el medioelfo se había mantenido al margen temeroso de decantarse de uno u otro lado, pero se sentía cada vez más deprimido y el ambiente distante de sus compañeros no le ayudaba a ser más optimista. Desde pequeño había adquirido un carácter jovial y desenfadado. Su forma de ser le había ayudado a superar las continuas burlas a la que era sometido en su país natal tanto por elfos como por humanos. Algo que en Imperia no ero muy común, pues era un país acostumbrado a recibir gentes de todo el planeta, desde los lejanos desiertos de Hessearel hasta las cercanas zonas costeras de Sedere. Elfos, enanos, humanos, cuarques, graels y otra multitud de razas menores que poblaban Calym acudían a Imperia en busca de nuevas oportunidades. Ledian había decidido hace años lo mismo que muchos otros y, abandonando su país, buscó fortuna en las calles de Badenburgo. No tardó en lograr su propósito, y aquí estaba, con un enano gruñón, un humano apocado y aburrido, y con un elfo, que como es natural, no le tenía mucha simpatía.

Broger, que le había oído llegar meneó la cabeza contrariado.

– ¿Qué quieres?

– Sólo venía a ver como estabas – contestó el otro.

– Estoy bien – el enano espoleó su montura que inmediatamente aceleró el paso.

– A decir verdad – Ledian trató de seguirle -, tenías razón al respecto de abandonar.

Broger se detuvo.

– He estado pensando en todo aquello. Yo no soy muy estricto, ¿sabes? Trabajo a mi aire y divirtiéndome lo que pueda. Estos viajes son tremendamente aburridos y pesados. No sé si me entiendes –el enano asintió con un gesto – . Shagar no ayuda a que lo sean, pero no le culpo, supongo que ese es el carácter de los suyos. No lo creerías, pero es uno de los más abiertos de su raza. Uno de los del Gran Bosque no duraría ni dos horas con nosotros.

Luz, el zorro ártico (no original)

Luz, el zorro ártico (no original)

– ¿Y qué sugieres que hagamos?

– Estoy seguro de que no habrá más misiones después de ésta. Simplemente, trata de aguantar hasta llegar a Imperia. Podrás marchar al Norte en el cruce de Verdeburgo. Estoy seguro de que Shagar no pondrá objeción.

– Tú no le conoces. Es un desequilibrado. Vi odio en su mirada cuando dijo lo de su diosa. Su fe ciega niebla su mente. Es un fanático.

– Entonces ya lo veremos.

– ¿Se lo has comentado ya al mago? – preguntó el hombrecillo.

– No creo que ponga ninguna traba.

– Muy bien, amigo. Gracias por tu apoyo.

– De nada – dijo el medioelfo frenando el paso –, de nada – susurró.

Al cabo de unas horas el terreno estable que atravesaban dejó de serlo, convirtiéndose en una pastosa masa de medio metro de profundidad que los caballos atravesaban con dificultad. Decidieron entonces dejar allí los animales no sin antes cargar todo el equipaje sobre sus espaldas. Por desgracia para el enano el barro le cubría casi hasta el pecho lo que obligó a dos de sus compañeros a cargarlo en brazos hasta llegar a un lugar más seco. También Luz tuvo que ser cargada por el medioelfo. El grupo resultaba ahora de lo más peculiar.

La vegetación, antes seca, iba adquiriendo un aspecto cada vez más carnoso a causa de la humedad circundante, que iba acompañada de la variada vida animal que habitaba entre el fango. A cada paso que daban notaban con repugnancia, como pequeños anélidos, culebras y otras criaturas desconocidas rozaban sus extremidades y se metían en sus botas. A la rica vegetación y la interesante fauna se unía el asfixiante ambiente cargado de partículas de polvo. Resignados, avanzaban entre toses y estornudos.

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Capítulo 1 – El Último Trabajo (Parte 4)

noviembre 23, 2008

Parte 4 – La recompensa

Tenemos que salir de aquí – gritó Shagar – o nos matará a todos.

El elfo ayudó al enano a levantarse y ambos trataron de alcanzar la salida. Pero no pudieron avanzar más de dos zancadas sin toparse con la imponente figura de su enemigo que taponaba el pasadizo. Estaban atrapados. El medioelfo, que había lanzado un par de flechas más con el mismo resultado, trastabilló hacia el fondo de la habitación. Su peluda compañera seguía ladrando y rugiendo impotente.

En ese instante, un ruido atronador acalló los sonidos de la batalla. El ogro comenzó a temblar compulsivamente. Su cuerpo echaba chispas y pequeños relámpagos azulados. Los compañeros presenciaron anonadados como el monstruo se electrocutaba. Sus ojos se quedaron en blanco a los pocos segundos. Sus piernas, antes fuertes, se doblaron carentes de vida y sus rodillas tocaron el suelo. Finalmente, cayó pesadamente y murió.

El enano y el elfo se quedaron petrificados. Sus cerebros funcionaron a toda velocidad intentando encontrar una explicación lógica a la súbita muerte del gigante.

– ¡Al final soy yo el que siempre os tiene que salvar el trasero! – gritó una voz desde lo alto. Los tres mercenarios levantaron la cabeza. Asomando por el techo, sobre las gradas, el hombre de la túnica verde parecía seguir enfadado.

– ¡Tallit, amigo! – repuso el medioelfo –. ¡Pensábamos que estabas ahí escondido cagándote en la túnica!

– Pues os equivocabais. Y ahora, si me disculpáis… – y diciendo esto desapareció de su vista tal y como había surgido.

Al minuto una cabeza asomó por la entrada del pasadizo. El mago se levantó, se sacudió la túnica y se arrodilló ante el ogro para comprobar sus constantes vitales. Después de realizar multitud de pruebas, haciendo callar cada vez que se le interrumpía con un maleducado ¡Chisst!, hizo un gesto de amarga satisfacción y se levantó de nuevo. Tallit miró intrigado al resto del grupo.

– ¿Y bien? – preguntó.

– ¿Cómo diablos has conseguido salir de esta ratonera? – inquirió el enano –. ¡Ya lo sé! – exclamó triunfante. Después de ver al ogro muerto su alegría se había desbordado -. Habrás utilizado uno de tus conjuros de teletransporte.

– Eso no existe – dijo Ledian.

– Estoy seguro de que sí. He oído historias de individuos que lo han hecho – repuso Broger.

– ¡Callaos! Y dejad que se explique – interrumpió el clérigo que como siempre encontraba cargantes las infantiles riñas de sus compañeros.

– En realidad yo… – el mago no sabía como continuar – Bueno… No es que haya hecho un hechizo ni nada parecido. Lo que ocurrió es que mientras estabais luchando… me escabullí por el pasadizo – esto último lo dijo muy rápido y entre dientes.

– ¡Ah! Ya me parecía a mí – rió el medioelfo –. En cualquier caso nos has salvado la vida y te estamos agradecidos.

– ¡¡A mí nadie me ha salvado la vida!! – rugió el enano –. Aún es más. Ya le había herido en una pierna y estaba a punto de caer bajo la hoja de mi hacha.

– Lo que tú digas, compañero – se mofó Ledian.

Shagar se apartó rápidamente de la nueva riña estúpida entre el enano y el mestizo y avanzó hacia el cadáver. Extrajo cuidadosamente una fina daga de acero con incrustaciones de corindón azul en su empuñadura. Era Tridente, el arma ceremonial que la había otorgado la Orden de Syrene el día de iniciación. Para él era algo más que un símbolo. Era la prueba de que de alguna manera su fe en la diosa de los océanos había dado resultado. Era la prueba que le hacía estar seguro de que su diosa existía. Algo que últimamente mucha gente se estaba cuestionando. El hecho de ser clérigo de Syrene no era un impedimento para que trabajara como mercenario. Al contrario que en otras cofradías, los sacerdotes de la diosa de los océanos no estaban ligados a la institución y debían de ganarse la vida por su cuenta, eso sí, respetando los valores básicos recogidos por la secta. Shagar hacía, lo que a su entender, era lo correcto.

Sombra demoniaca (no original)

Sombra demoníaca (no original)

El elfo levantó la cabeza del ogro pálido y la sujetó fuertemente. Con la daga, cercenó limpiamente la oreja del humanoide y la envolvió cuidadosamente en un pañuelo azul. El trozo de tela estaba impregnado de un líquido conservante en el cual el apéndice no se podía descomponer. Shagar metió el pañuelo en una cajita de marfil y guardo a Tridente en su vaina.

– He recogido una prueba para la Unión – dijo al llegar hasta sus compañeros. Ledian y Broger habían dejado de discutir y charlaban amistosamente. El mago asintió con la cabeza con la mirada distante.

– ¿Qué haremos ahora? – preguntó el mestizo, mientras acariciaba a Luz.

– Tenemos que descansar. Ha sido un día muy duro. Además ya debe de ser de noche – el elfo miró a su alrededor -. Creo que éste es un lugar apropiado para levantar el campamento ya que el ogro ha sido eliminado. No creo que nada nos moleste por ahora.

Los demás asintieron y se apartaron del lugar donde yacía el cuerpo del gigante. Entre todos limpiaron el jergón y echaron la paja sobre el ogro y sobre el resto de la inmundicia. De esta manera, consiguieron crear una zona lo suficientemente soportable como para echar una cabezada.

Por la noche, los cuatro descansaban en torno a una hoguera. Ledian se había estado preguntando durante toda la tarde el motivo por el cual un ogro que se había extinguido rondaba por el lejano este. Hasta ese momento no había molestado al mago, que se había comportado de manera muy distante desde que matara al monstruo. Por fin, creyó que era el momento de saber más sobre esos ogros.

– Tallit – el hechicero le miró indiferente. El enano y el elfo ya estaban dormidos – Me gustaría que me contaras más sobre esos ogros pálidos de los que hablaste.

– Ya dije todo lo que tenía que decir – respondió el mago y se tumbó sobre sus pertenencias.

– Pero, sigo sin entender como han podido regresar. ¿Por qué desaparecieron?

– Deberías ser menos curioso – contestó el otro quedamente – no es algo de lo que se pueda charlar a la ligera.

– No puedo evitarlo. Siento curiosidad. Cuéntamelo todo.

– Está bien. Si ese es tu deseo – Ledian escuchó expectante -. ¿Has oído hablar de la Edad Oscura?

– Sí. Fue la etapa anterior a nuestra era. Hace unos cinco mil años.

– En realidad, esa es una apreciación vaga. Según varios estudios la época real de esa era se remonta a hace unos cincuenta mil años.

– ¡Vaya! – exclamó el medioelfo sorprendido.

– Durante la Edad Oscura, corrían malos tiempos para la vida de las razas libres del planeta. De ahí su nombre. Las leyendas cuentan que el mundo estaba dominado por las sombras demoníacas de los dioses del Caos. El equilibrio natural entre el bien y el mal estaba sufriendo uno de sus peores desniveles. En realidad, lo que ocurría es que a diferencia de ahora, las razas benignas eran minoritarias y todo tipo de criaturas y monstruosos seres recorrían las praderas, montañas y llanuras de Calym. Los humanos se escondían en cuevas de la misma manera que ahora lo hacen los orcos o los hombres perro.

– ¿Qué hay de los elfos?

– Los elfos y los enanos surgieron después y fueron evolucionando cuando los humanos se distribuyeron por el mundo. Debes saber que los hombres no se parecían en nada a los humanos actuales. Todos eran altos y delgados y con rasgos físicos tremendamente similares. La raza humana había sido muy fecunda antes de la Edad Oscura. La tecnología de la que gozaban era muy superior a la actual y desafortunadamente no se conserva casi nada. Cuando llegó la oscuridad la gran mayoría fue exterminada poco a poco. Sólo los pocos que se unieron a los demonios gozaron de la libertad, pero pagaron un precio muy alto entregando su alma al mal absoluto – el mago chasqueó la lengua -. Sin embargo el poder de los dioses del Caos fue debilitándose y los humanos encontraron la forma de eliminar a las sombras demoníacas.

– ¿Cómo?

– Algunos dicen que les ayudaron los dioses del Bien. Otros creen que los demonios se pelearon entre ellos hasta destruirse por completo. E incluso existe la teoría de que los humanos que ayudaban a los demonios se rebelaron y ayudaron a los demás en un intento por recuperar su alma.

– ¿Tú que opinas?

– Personalmente no comparto ninguna de las tres. No son más que leyendas. Las cosas que ocurren no son tan fantásticas.

– Entonces, ¿qué pintan los ogros pálidos en todo esto? – preguntó Ledian.

– Los ogros vivieron durante esa época. Hay constancia de ello, pues se han encontrado restos óseos que revelan su existencia. Gracias a la magia se han podido descifrar sus características físicas y su comportamiento habitual. Lo que te quiero decir es que los ogros eran una de las razas que dominaban a los hombres durante la Edad Oscura – Ledian observó detenidamente al mago, que parecía muy cansado.

– Eso no presagia nada bueno – repuso.

– Por fin lo has entendido – dijo Tallit.

Ledian apoyó la cabeza sobre su equipaje y meditó sobre lo que acababa de escuchar. Su mente comenzó a materializar ideas absurdas que pronto se convirtieron en confusos pensamientos. Finalmente se durmió. Aquella noche, los cuatro tuvieron pesadillas.

Capítulo 1 – El Último Trabajo (Parte 3)

noviembre 15, 2008

Parte 3 – La pelea

Sin embargo, este ogro no era de la misma familia, y aunque se parecía bastante, el enano estaba convencido de que no era de la familia de las cavernas, pues estos ogros tenían una vista de lince y carecían por completo de pelo y estaba claro que la bestia melenuda no veía tres en un burro.

En ese instante, la mole olisqueó el aire sulfuroso de la habitación y percibió la presencia de sus inesperados invitados. Sus ojillos se dirigieron de inmediato al grupo que se perfilaba tenuemente sobre la pared. A pesar de su escasa inteligencia, el ogro comprendió que aquellos no eran orcos. Aquello lo confundió, pero en ningún caso evitó que intentara deshacerse de ellos. Levantó su pesada arma con lentitud y trató de golpear a los mercenarios. Los tres se apartaron a tiempo de evitar el golpe, que provocó una tremenda nube de polvo que se extendió por toda la habitación.

Tallit, el mago (no original)

Tallit, el mago (no original)

Los aventureros tosieron aturdidos y trataron de distinguir algo entre la ceniza. Cuando por fin se despejó la habitación, Ledian observó atónito como el zorro había saltado sobre el brazo del gigante que trataba inútilmente de deshacerse de ella. Ante la imposibilidad de usar su otro brazo, con el que aún sujetaba al mago, lanzó a Tallit al suelo. El hechicero dio varias vueltas de campana hasta yacer inconsciente a un lado de la habitación. El ogro apartó de un empellón al animal y rugió de rabia. Si algo había que le enfureciera era que le opusieran resistencia.

Shagar, que había observado la escena desde su posición divisó el cuerpo del mago caído al otro lado de la sala.

– ¡Enano! ¡Recógelo y lleváoslo por el pasadizo! – dijo señalando la abertura en la roca -. ¡Yo intentaré distraerle! – a continuación sacó una botella diminuta de uno de sus bolsillos y se arrodilló en el suelo. Mientras tanto, Broger y el medioelfo sujetaron al mago y lo llevaron a rastras hacia el escondite. Ledian llamó de un silbido a su animal que corrió a reunirse con ellos.

El ogro no vio como huían pero si escuchó voces a su espalda. En el suelo, el clérigo sostenía su bastón verticalmente mientras rezaba a su diosa palabras incomprensibles. El humanoide avanzó hacia él. Shagar terminó su retahíla y vertió unas gotas del líquido del botellín sobre el símbolo de Syrene de su vara. El ogro levantó de nuevo su maza dispuesto a aplastar al elfo, que sin inmutarse comenzó otra oración. La contundente arma cayó sobre el clérigo, pero no logró su objetivo. Antes de que la maza golpeara, el elfo cesó de hablar y dirigió su bastón hacia el estómago de la criatura. Seguidas de un destello azulado, las gotas del líquido se concentraron rápidamente en torno al símbolo y ganaron volumen. Aunque parecía imposible, un potente chorro de agua salió disparado hacia el ogro, que empujado por el líquido cayó de espaldas sobre las cenizas. Inmediatamente después se desató un gran torrente espumoso de un color verde esmeralda que cubrió todo el estadio y, por supuesto, al ogro.

El agua desapareció absorbida por el suelo, y lo que antes había sido ceniza se convirtió en un fango oscuro y pastoso de un aspecto sucio y desagradable y con un tono muy parecido al de la sangre seca. El elfo se preguntó si realmente no era aquello lo que estaba pisando. En el centro del estadio un gran bulto cubierto de aquel barro permanecía inerte sobre el suelo. El clérigo de Syrene se acercó con prudencia al inconsciente ogro. Normalmente, un conjuro de las características del que él había lanzado podía ahogar a cualquier criatura de tamaño medio, sin embargo el elfo no las tenía todas consigo. El ogro era un ser monstruoso y debía de tener una gran resistencia. Cuando llegó al lado del gigante golpeó suavemente el costado del humanoide con la punta de la bota. No ocurrió nada. Shagar se inclinó sobre el rostro del ogro y limpió con desagrado el barro de su cara. Tenía los ojos abiertos de par en par, pero parecían mirar al vacío carentes de vida. El sacerdote abofeteó al ogro varias veces sin ni siquiera percibir un parpadeo. Tampoco tenía pulso, aunque posiblemente su gruesa piel evitaba que los latidos de su corazón se sintieran en el exterior. Aunque reticente, el prudente elfo decidió alejarse del cadáver y reunirse con sus compañeros.

Cuando Shagar llegó al cubil el mago ya había despertado. Más que asustado, Tallit parecía molesto por alguna razón y estaba impregnado de polvo hasta las cejas. El enano y el medioelfo le habían tumbado sobre el jergón y le habían tapado con una capa. Ledian se giró hacia el elfo.

– ¿Qué ha ocurrido?

– El…lo que sea parece muerto – Shagar no sabía exactamente con que clase de criatura se había enfrentado.

– Era un ogro – aclaró el enano – aunque no sé con exactitud de que tipo.

– Era un ogro pálido – le interrumpió Tallit que parecía muy recuperado -. Su sangre es oscura y transparente de ahí su color de piel.

– En mi vida había oído hablar de ellos – repuso Ledian.

– Por supuesto que no. Se extinguieron hace miles de años – el mago saltó del gran montón de paja y se dirigió hacia el pasadizo. Los demás le miraron, sorprendidos por su aseveración -. ¿Estás completamente seguro de que ha muerto?

– Le lance un torrente de agua sagrada. Casi nadie sobrevive a eso. ¿Qué quieres decir con que se extinguieron hace años? Como es posible que algo que ya no existe se presente ante nosotros y nos ataque – Shagar parecía incrédulo.

– No lo sé. A mí también me cuesta creerlo – el mago miró por el agujero -. Tenemos que salir de aquí – el hechicero hizo una pausa -. Por si acaso.

Ledian que había mantenido un silencio sepulcral durante la conversación decidió intervenir. Por su parte, el enano se paseaba nervioso por la estancia murmurando improperios en su lengua natal.

– No sé si recordáis que la Unión no nos pagará si no le llevamos una prueba de nuestro éxito – inquirió el medioelfo.

– Al diablo con la Unión – bramó Broger -. La última vez que me encontré con un ogro casi me cuesta la vida. Ni siquiera una cuadrilla de enanos experimentados pudo acabar con él – el individuo aún recordaba con pavor la traumática experiencia vivida durante su infancia.

– De acuerdo, amigo – repuso Ledian resignado -. Supongo que después de todo este es el final de esta aventura.

El mestizo sabía que si esta vez no conseguían nada, muy difícilmente podría continuar trabajando como mercenarios. Afortunadamente, tenía muchas otras habilidades. ¿Quizá el ejército? Descartó esa posibilidad. No le gustaba luchar contra humanos, elfos y enanos y cuando tenía que hacerlo lo hacía siempre por alguna buena razón. Lo que no sabía el medioelfo era que el peligro que corrían en la fortaleza aún no había acabado. Los aventureros no se preguntaron en ningún momento porque aquel cubil en el que estaban carecía de una entrada mayor que el diminuto pasadizo subterráneo, ni se cuestionaron el tamaño sobrenatural de las herramientas que allí se encontraban. El sacerdote había decidido que aquel podía ser un buen refugio temporal, sin embargo, no podía estar más equivocado.

Y en efecto, la relativa paz de la que estaba disfrutando se truncó de repente cuando un sonido ensordecedor restalló sobre sus cabezas. El techo temblaba y con él toda la estancia. Tallit se lanzó hacia la paja asustado y el resto apenas tuvo tiempo de descubrir lo que causaba el terremoto. Luz, que hasta ese momento había corrido de un lado a otro olisqueando los cadáveres orcos, se irguió sobre sus patas traseras y comenzó a ladrar hacia arriba.

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El ogro pálido (Fuente: http://www.rlhdesign.net/images/)

El rugido del temblor cesó y el techó se abrió dejando pasar haces de luz a través de las rocas. Los temores del enano se confirmaron y poco a poco la pétrea bóveda desapareció ante sus ojos y en su lugar se dibujó la aterradora figura del ogro. De alguna manera el monstruo había sobrevivido y el gran torrente de agua hechizado no parecía haberle afectado en absoluto, al contrario, le había enfurecido aún más. Esa era la razón por la cual aquel refugio no tenía más que la entrada subterránea. En definitiva, el ogro no era tan inepto, y utilizaba con frecuencia el pasadizo para atrapar a los intrusos incautos que por el entraban. Pero esta vez Tallit le había sorprendido y había tenido que cambiar de planes. Sin embargo los aventureros cometieron otra vez el estúpido error de internarse de nuevo en el refugio y el gigante no desperdició la oportunidad que le brindaron.

Shagar constató en un vistazo que la única salida permanecía demasiado alejada del grupo. No había otra opción que luchar o morirían en aquella madriguera. No fue necesario advertir a los demás que ya estaban sujetando sus armas. Tallit seguía escondido en el áspero camastro sin asomar la cabeza. Mientras tanto, el ogro ya había apartado del todo la gran roca que cubría el lugar y recorría con la mirada a los amigos con evidente cara de satisfacción. De su boca gotearon unas pegajosas babas que se fueron a mezclar con las ya de por sí vomitivas inmundicias.

Ledian extrajo una flecha de su carcaj y la colocó cuidadosamente en la cuerda de su arco. El arma chasqueó y el proyectil fue a rebotar sobre el duro pecho del enemigo. Sorprendido y contrariado blandió su espada. El ogro pálido apenas notó la sacudida. Con un torpe salto, el gigante saltó en el boquete casi logrando aplastar al enano que se apartó justo a tiempo. Éste contraatacó con su hacha y la clavó en el tobillo del ogro que gritó de dolor. Una sangre parda y transparente, como había predicho el mago, resbaló por la piel del monstruo. Broger recibió un puntapié que lo lanzó golpeándolo contra la pared.

Capítulo 1 – El Último Trabajo (Parte 2)

noviembre 8, 2008

Parte 2 – El inquilino

– ¡Luz! – exclamó el medioelfo sonriendo. El mago que aún estudiaba su libro de hechizos levantó la cabeza.

– Ya voy. Esperad un minuto – el enano y el medioelfo soltaron una carcajada.

– Me parece que nuestro amigo está algo confuso, ¿no crees, Broger?

– Sin duda debería prestar más atención.

– ¿Qué demonios estáis diciendo? – replicó Tallit con voz estridente -. ¡Bah, es igual! Voy a terminar con esto – el mago extrajo un saquillo de polvo amarillento de su túnica con el que roció la punta del bastón. Con voz gutural pronunció una serie de palabras arcanas mientras agitaba su mano sobre el trozo de madera. El bastón comenzó a brillar tenuemente hasta alcanzar un intenso resplandor anaranjado que se proyectó por todo ese sector del corredor. Finalmente, el brillo se estabilizó y el mago descansó aliviado.

Los aventureros, ya preparados, se dispusieron a penetrar en la gran sala. La puerta chirrió ligeramente al abrirse y Shagar la atravesó en un suspiro. El mago entró en segundo lugar y su bastón iluminó la amplia bóveda que contemplaba toda la arena. Debido a su forma parabólica, los rayos de luz anaranjada rebotaron convergiendo sobre los compañeros y cegándolos por un instante. Cuando por fin se recuperaron, se decidieron a analizar más concienzudamente el lugar que los rodeaba. Los asientos de roca presentaban en su superficie numerosas erosiones llegando incluso a haberse desprendido en parte en algunas zonas de la estancia. El resto de la habitación estaba cubierta por una espesa capa de ceniza sobre la que, cada vez que los mercenarios pisaban, se creaban voluminosas volutas de polvo ennegrecido que volvían a depositarse lentamente sobre la superficie. El zorro olisqueó la ceniza intrigado y estornudó. Entre las gradas se divisaban otras dos rejas idénticas a la que antes habían atravesado, aunque esta vez cerradas.

El enano avanzó hasta el centro del lugar y observó decepcionado la sala. Los muros sobre los que descansaba la gran bóveda carecían de cualquier tipo de decoración. El basto granito dominaba toda la estructura, excepto en aquellos lugares donde desaparecía para dar paso, durante el día, a una tenue luz solar. Cada uno de estos agujeros, a modo de ventanas, presentaba una forma irregular diferente sin ningún tipo de orden.

Shagar, el clérigo elfo (no original)

Shagar, el clérigo elfo (no original)

– Esto es un insulto a la arquitectura – comentó enfadado Broger -. Hasta los meaderos de las cadillas merecen un mayor respeto artístico – las cadillas eran una especie rumiante autóctona del las praderas del sur del continente muy similares a las ovejas aunque algo más pequeñas. Pastaban en grandes rebaños dirigidos por los pastores de la zona.

– Piensa que se trata de una sociedad muy primitiva. Probablemente no tuvieran ni la cultura ni los medios necesarios – replicó Tallit levantando su bastón para iluminar mejor los muros de la sala.

– Si los sitios donde vivían son así no me puedo imaginar como serían los meaderos de sus cadillas – bromeó Ledian.

– Compadezco a sus cadillas – añadió enano.

El elfo, que hasta ese momento escuchaba con la mirada ausente, intervino en la conversación.

– Parece que esa es la única salida – susurró, señalando a un oscuro pasadizo que surgía de una de las gradas derruidas -. Manteneos alerta. Yo iré delante.

Los cuatro avanzaron hasta el negro agujero y agacharon la cabeza para pasar por debajo de los asientos de piedra. Luz se mantenía a lado de su dueño gruñendo continuamente. Al final del pasillo se percibía un brillo bastante intenso. El corredor era poco más largo de unos cuantos metros y comunicaba con una sala algo más pequeña que el coliseo, pero también de un gran tamaño. Cuando entraron, comprobaron que varias antorchas colgaban de las paredes iluminando la estancia. Pero no fue eso lo que les llamó la atención.

Ante ellos se presentó una imagen que habría hecho vomitar al más duro de los habitantes de la ciudad. La sala estaba completamente cubierta de cadáveres putrefactos, en su mayoría orcos. Desde simples montones de huesos hasta despojos cubiertos de gusanos y otras alimañas necrófagas, los diferentes restos devorados discurrían por la estancia en una sangrienta combinación. Los aventureros se llevaron las manos a la nariz para evitar respirar los vapores que emanaban del suelo.

Pero ellos eran mercenarios, y estaban acostumbrados a soportar peores y más crueles torturas. No se podía decir lo mismo de Tallit, que a pesar de haber pasado por iguales sinsabores, aún no se había habituado a ese olor nauseabundo. El mago no tardó en sentir arcadas y vomitó en una esquina, lo cual no resultó nada repugnante, dada la situación.

A pesar de la inmundicia, un lado de la sala permanecía relativamente limpio y en el se amontonaba una ingente cantidad de paja. Sobre ella, la pared presentaba una serie de muescas en las que descansaban numerosos objetos mundanos similares a la aguja que antes habían encontrado. El túnel bajo las gradas parecía ser la única entrada.

Shagar trepó sobre el montón de paja y tomó un objeto de una de las lejas de piedra. Se trataba de un vaso de metal en el cual se habían trabajado una serie de incisiones que cubrían toda la parte externa. Ledian se acercó intrigado a su compañero:

– Si la razón no me indujera a pensar que eso es un vaso, juraría que parece un dedal gigante – repuso.

– ¿Qué clase de criatura querría tener un recuerdo de estas dimensiones?

– Quizá no sea un recuerdo. Tal vez la criatura que habita este lugar tenga el tamaño suficiente como manejar esos utensilios. Pero espero equivocarme.

– No es posible. No hay ningún lugar por donde pueda entrar. – en efecto, las paredes de roca que protegían el cubículo apenas dejaban paso a contados respiraderos desde donde las corrientes de aire atravesaban la habitación acariciando las llamas de las antorchas que crepitaban murmurando palabras incomprensibles.

Tallit, aún algo mareado, salió del recinto por el estrecho túnel. Necesitaba urgentemente tomar el aire o sufriría otro ataque de vómitos. En aquel momento nadie se acordaba de los gruñidos que les habían llevado hasta allí. Incluso Broger, más prudente por naturaleza, corría entusiasmado de un lado a otro registrando los cuerpos mutilados en busca de algo de valor. No tardó en encontrar bastantes armas útiles, en su mayoría orcas, y en bastante buen estado. Junto con las tres espadas y la hachuela, el enano acumuló unas cuantas monedas de cobre y un colgante barato bañado en plata. Sin embargo, el guerrero no quedó nada satisfecho. Después de haber recorrido tantos kilómetros para llegar hasta allí, imaginaba encontrar algún objeto de más valor. Decididamente, no vivían precisamente en la edad de los aventureros.

– ¿A donde diantres tenemos que ir para encontrar algo que se pueda vender bien? – repuso enfadado -. Recordáis cuando empezamos. No eran buenos tiempos, lo reconozco, pero al menos podíamos vivir cómodamente. Ahora ni siquiera compensa el esfuerzo que hacemos.

El elfo se volvió molesto. Ya habían tenido esa conversación varias veces y no toleraba que se cuestionara la utilidad de la Unión de Aventureros.

– Recuerda que no sólo trabajamos por dinero, sino por la seguridad de los ciudadanos de Imperia y del resto de Calym.

– Pues bien, señor elfo protector de la justicia. No veo que aquí haya nada que perturbe la tranquilidad de nuestros convecinos a los que tanto debemos – se mofó el enano.

Cuando Shagar iba a replicarle un grito desgarrador resonó en la bóveda del estadio. Los tres amigos buscaron al mago por toda la sala.

– ¿Dónde está el mago?

– Debe de haber salido. Tenemos que llegar hasta él antes de que sea demasiado tarde.

Los tres salieron corriendo por el túnel. En el exterior oían los gritos desesperados de su compañero. Cuando llegaron a la salida y observaron la escena, comprendieron la razón de sus alaridos. La fiel compañera del medioelfo comenzó a ladrar en actitud agresiva.

Broger, el enano (Dan Scott)

Broger, el enano (Dan Scott)

Una inmensa mole de carne rugía en el centro de la arena agitando los brazos peligrosamente. En uno de ellos llevaba una monstruosa maza de madera y en el otro, el indefenso mago se debatía por liberarse de las garras de su opresor que lo sujetaba por las piernas y lo sostenía boca abajo.

Su piel, de un color grisáceo semejante al de las paredes de la fortaleza, parecía áspera y seca, y apenas cubría su inmenso cuerpo con una gran trozo de cuero gastado y cosido bastamente. Sobre su cara caían largos mechones de cabello sucio y desaliñado en el que se distinguían claramente varios parásitos. Sus dos ojos, extraordinariamente pequeños en comparación con su tamaño, se movían inquietos y saltones sin rumbo fijo. El elfo comprendió enseguida que el monstruo estaba prácticamente ciego y se lo confirmó a sus compañeros.

Broger no recordaba haber visto a un ser de esta raza desde hacía largo tiempo. Recordó aquella aventura en la que él y sus hermanos se internaron demasiado en las cavernas del Reino de Balud en la cordillera Ebánica donde los enanos cavaron y situaron su morada. Rememoró el momento en que se perdieron en aquella oscura y húmeda gruta y acabaron todos en la guarida del ogro de las cavernas. Afortunadamente sus padres lograron encontrarlos, pero nunca olvidaron lo que la prudencia significa en la vida.

Capítulo 1 – El Último Trabajo (Parte 1)

noviembre 1, 2008

Parte 1 – La fortaleza

Cada uno de los compañeros confiaba en la seguridad de estar acompañado. Procedían de asociaciones de aventureros distintas que, por una serie de problemas económicos, se habían visto obligadas a fusionarse. Estos cuatro personajes eran los mejores en la profesión y, lamentablemente, cuatro de los pocos que quedaban. La casi absoluta paz y prosperidad de la que disfrutaba el continente de Calym, había ocasionado la quiebra de la mayoría de las compañías de aventureros. El peligro había desaparecido, eso sí, pero también el trabajo de erradicarlo.

El variopinto grupo llevaba unido poco más de un año y su última misión les había llevado al lejano este. A más de mil quinientos kilómetros de su tierra, el grupo avanzaba por un oscuro corredor, que formaba parte de una antigua y derruida fortaleza bárbara. La Unión de Aventureros había sido inflexible al respecto, era tomarlo o quedarse sin trabajo. Aún así la paga había sido sustanciosa, pero no lo suficiente para recompensar la pesadez y dificultad de la misión.

La fortaleza (by Gregory D. Lyons)

La fortaleza (by Gregory D. Lyons)

A la cabeza de la comitiva, caminaba, de manera casi imperceptible para el oído humano, un altivo elfo que por su vestimenta parecía pertenecer a la alta nobleza, aunque en realidad era sólo un clérigo. Llevaba unos azulados hábitos que representaban el color de su orden, y de su cuello colgaba un ostentoso amuleto en forma de gota y completamente de cristal. Portaba una vara de brillante platino con idéntico símbolo en su parte superior. El elfo trataba de no apoyar el bastón con el fin de no hacer ningún ruido.

Detrás de él, y en contraste con el carácter élfico de su compañero, avanzaba alegremente un personaje de apariencia humana, pero con rasgos muy afinados. El medioelfo jugueteaba con una larga y fina espada de rudo acabado describiendo grandes arcos que hacían retumbar las paredes del pasillo. Su compañero elfo recriminaba su actitud con la mirada mientras aceleraba el paso. El espadachín se mostraba indiferente ante las riñas y sonreía pícaramente. Atado a su espalda un carcaj de largas flechas emplumadas sobresalía sobre su cabeza y sujeto a su espalda portaba un recio arco de madera de cedro con grabados artísticos sobre su superficie.

Cerraban la comitiva un enano de mirada malhumorada que asía una desproporcionada hacha que superaba dos veces su propia altura y un escuchimizado e inseguro humano con una larga túnica verde y un bastón de madera.

A lo largo del trayecto hasta el interior de la edificación no habían encontrado apenas resistencia, lo cual era bastante buen presagio. Sin embargo no era prudente levantar la guardia hasta no haber explorado el lugar por completo. Poco a poco, la paciencia iba desapareciendo entre los miembros del grupo, como la arena de un reloj, cada vez con más rapidez.

– ¿Para qué seguir? – repuso el hombrecillo del bastón –. Es obvio que aquí no hay ni nadie ni nada.

– No es nuestra tarea decidir eso, mago – contestó el elfo -. La Unión de Aventureros exige la exploración y limpieza del recinto de manera íntegra.

– De acuerdo, sólo era una sugerencia.

– Estoy de acuerdo con Shagar. A lo mejor encontramos algo, y sino, podríamos usar la fortaleza como residencia de verano – bromeó el medioelfo, recibiendo otra mirada furibunda de Shagar -. Aunque quizá no sea tan buena idea.

Caminaron unos cuantos metros más en silencio. En el siguiente tramo, el corredor se ensanchaba permitiendo que los compañeros pasaran de dos en dos. El número de antorchas que colgaban de la pared iba en aumento conforme avanzaban, pero el paso de los años las había hecho inservibles. Por ello, el delgado humano de la túnica verde, llevaba del brazo una linterna de aceite cuya luz creaba sombras informes en las enmohecidas paredes.

– Necesito un par de cervezas – el enano habló por primera vez -. Este lugar no presagia nada bueno. Piedra toscamente tallada y oscuridad, sólo oscuridad. Como diría mi amigo Kradick, la oscuridad únicamente es buena en compañía de una mujer.

– Quizá Shagar esté dispuesto a satisfacer esos deseos, amigo. Pero, ten paciencia. En cinco minutos descubriremos que este sitio está vacío y nos iremos – el medioelfo se detuvo y fijó la vista en un objeto brillante que reposaba sobre el suelo-. ¡Qué curioso! Ese trozo de metal apenas está oxidado.

– ¿Qué es?

– No lo sé, parece una especie de aguja, pero de dimensiones desproporcionadas.

– Será algún instrumento de tortura – insinuó el mago-. Por lo que sé, los pueblos bárbaros de esta zona efectuaban ritos rudimentarios en sus enemigos con el fin de descubrir las posiciones de sus bandas armadas y de sus asentamientos.

– Sin embargo no tiene óxido – comentó el medioelfo -. ¿Cuántos años tienen esas tribus?

– Unos setecientos. Vivieron por esta zona hacia el 3300 de nuestra era, durante la época dorada de los Carinenses. En los escritos de uno de los historiadores de la época se comentaba su existencia. Al parecer, existió algún tipo de acercamiento comercial entre Carino y esta raza.

– ¿Qué les ocurrió? – preguntó el enano.

– ¿Qué quieres decir?

– ¿Por qué han desaparecido?

– Fueron conquistados por algunas tribus norteñas que se mezclaron con sus habitantes. La afluencia de asaltantes orcos y de lagartos de los páramos fue la causa de que emigraran a regiones más seguras. Algunos fueron a Calym convirtiéndose en nuestros antepasados y se dice que otros viajaron al este, a través de las montañas. Muchos grupos de orcos siguen rondando la zona, y se rumorea que cosas peores.

– No es mi intención interrumpir – espetó el clérigo, que escuchaba atentamente al final del corredor -, pero percibo un ligero ronroneo por esa zona. No, más bien parece un ronquido.

– Parece que no estamos solos después de todo – murmuró el guerrero malhumorado mientras recogía su hacha del suelo.

– Sigamos. Aprovecharemos el factor sorpresa.

El grupo caminó en sigilo durante un trecho hasta llegar a lo que parecía el final del pasillo. En lugar de puerta, éste terminaba en una reja de fuertes barrotes que comunicaba con la sal anexa. Por suerte, el acceso estaba entreabierto. El enano se percató de ello y se lanzó entusiasmado hacia la estructura metálica. El medioelfo le detuvo prudentemente.

Ledian Sal'Attan (no original)

Ledian Sal'attan (no original)

– Tranquilo – susurró -. Primero tenemos que asegurarnos de que no hay nadie ahí dentro – el mestizo se volvió hacia el clérigo -. Shagar, dinos que es lo que ves.

Aunque el medioelfo veía bien en la oscuridad, los elfos puros poseían una visión capaz de percibir los espectros de calor. Si bien, no era indispensable para vivir, resultaba muy útil a la hora de enfrentarse a enemigos ocultos o invisibles.

– No parece haber nadie, y tampoco oigo los ronquidos. Es un sitio muy grande y está rodeado por hileras de asientos de piedra. Parece que aquí se celebraban luchas de gladiadores. Los participantes entrarían por esta reja de aquí, aunque hay dos más a los lados – el elfo fijó la vista en un rincón de la sala -. Hay un lugar que no alcanzó a ver en esa esquina. Es demasiado oscuro incluso para mí.

– Será más prudente que nos preparemos.

– Muy bien – contestó Shagar -. Tallit, necesitaremos luz. Prepara algún conjuro.

– No hay problema – dijo el mago.

– Ledian, no se si necesitaremos a tu perro…

– Zorro – corrigió.

– Lo que sea. Llámalo de todas formas. Más vale prevenir.

– ¿Y yo que hago? – preguntó impaciente el enano.

– Con que controles tu estupidez será suficiente, enano.

– Malditos elfos – gruñó -, os creéis muy inteligentes, ja. Pero ya me pedirás ayuda en la batalla. Y recuerda, el hacha de un enano nunca ayuda a un elfo, nunca.

– ¿Ni siquiera a mí, Broger? – repuso Ledian.

– Quizá contigo haga una excepción.

El medioelfo se apartó del grupo y extrajo de su cinturón un silbato de hueso. Ledian gozaba de un gran tacto con los animales y era común que éstos fueran utilizados para ayudar en el rastreo. Los animales gozaban de un gran respeto por parte de su dueño, incluso cariño. Por esta causa, la pérdida de su compañero significaba para él una gran desgracia.

Ledian sopló con todas sus fuerzas sin que se produjera ningún tipo de sonido. Sin embargo el elfo si lo percibió, por lo que se molestó visiblemente. A los pocos segundos, una silueta grisácea, casi blanca, se perfiló al final del corredor. Se trataba de un hermosísimo ejemplar hembra de zorro ártico, de porte majestuoso y rápido como el viento. Al instante el animal ya estaba siendo acariciado por su dueño.

Actualización – 22/10/08

octubre 22, 2008
  • Añadido el prólogo (para ir abriendo boca).
  • Añadido el mapa.

Kurstok

Mapa de Calym

octubre 22, 2008
Calym - 4078 Post Oscuridad

Calym - 4078 Post Oscuridad

Presentación

octubre 21, 2008

Hace varios años, con unos quince, escribí una novela fantástica que no tenía intención de publicar. He pensado que es una tontería que nadie la pueda leer y, a pesar de no tener la calidad necesaria a mi juicio, ni sobre todo la originalidad necesaria, creo que su publicación a través de este blog es lo más adecuado. Espero que os guste, porque la hice cuando era casi un crío.

A continuación pongo una serie de cláusulas con información y otros aspectos que voy a cumplir para que todo sea sencillo y claro.

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4. El contenido de esta novela no cambiará bajo ninguna circunstancia.

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