Capítulo 1 – El Último Trabajo (Parte 1)

Parte 1 – La fortaleza

Cada uno de los compañeros confiaba en la seguridad de estar acompañado. Procedían de asociaciones de aventureros distintas que, por una serie de problemas económicos, se habían visto obligadas a fusionarse. Estos cuatro personajes eran los mejores en la profesión y, lamentablemente, cuatro de los pocos que quedaban. La casi absoluta paz y prosperidad de la que disfrutaba el continente de Calym, había ocasionado la quiebra de la mayoría de las compañías de aventureros. El peligro había desaparecido, eso sí, pero también el trabajo de erradicarlo.

El variopinto grupo llevaba unido poco más de un año y su última misión les había llevado al lejano este. A más de mil quinientos kilómetros de su tierra, el grupo avanzaba por un oscuro corredor, que formaba parte de una antigua y derruida fortaleza bárbara. La Unión de Aventureros había sido inflexible al respecto, era tomarlo o quedarse sin trabajo. Aún así la paga había sido sustanciosa, pero no lo suficiente para recompensar la pesadez y dificultad de la misión.

La fortaleza (by Gregory D. Lyons)

La fortaleza (by Gregory D. Lyons)

A la cabeza de la comitiva, caminaba, de manera casi imperceptible para el oído humano, un altivo elfo que por su vestimenta parecía pertenecer a la alta nobleza, aunque en realidad era sólo un clérigo. Llevaba unos azulados hábitos que representaban el color de su orden, y de su cuello colgaba un ostentoso amuleto en forma de gota y completamente de cristal. Portaba una vara de brillante platino con idéntico símbolo en su parte superior. El elfo trataba de no apoyar el bastón con el fin de no hacer ningún ruido.

Detrás de él, y en contraste con el carácter élfico de su compañero, avanzaba alegremente un personaje de apariencia humana, pero con rasgos muy afinados. El medioelfo jugueteaba con una larga y fina espada de rudo acabado describiendo grandes arcos que hacían retumbar las paredes del pasillo. Su compañero elfo recriminaba su actitud con la mirada mientras aceleraba el paso. El espadachín se mostraba indiferente ante las riñas y sonreía pícaramente. Atado a su espalda un carcaj de largas flechas emplumadas sobresalía sobre su cabeza y sujeto a su espalda portaba un recio arco de madera de cedro con grabados artísticos sobre su superficie.

Cerraban la comitiva un enano de mirada malhumorada que asía una desproporcionada hacha que superaba dos veces su propia altura y un escuchimizado e inseguro humano con una larga túnica verde y un bastón de madera.

A lo largo del trayecto hasta el interior de la edificación no habían encontrado apenas resistencia, lo cual era bastante buen presagio. Sin embargo no era prudente levantar la guardia hasta no haber explorado el lugar por completo. Poco a poco, la paciencia iba desapareciendo entre los miembros del grupo, como la arena de un reloj, cada vez con más rapidez.

– ¿Para qué seguir? – repuso el hombrecillo del bastón –. Es obvio que aquí no hay ni nadie ni nada.

– No es nuestra tarea decidir eso, mago – contestó el elfo -. La Unión de Aventureros exige la exploración y limpieza del recinto de manera íntegra.

– De acuerdo, sólo era una sugerencia.

– Estoy de acuerdo con Shagar. A lo mejor encontramos algo, y sino, podríamos usar la fortaleza como residencia de verano – bromeó el medioelfo, recibiendo otra mirada furibunda de Shagar -. Aunque quizá no sea tan buena idea.

Caminaron unos cuantos metros más en silencio. En el siguiente tramo, el corredor se ensanchaba permitiendo que los compañeros pasaran de dos en dos. El número de antorchas que colgaban de la pared iba en aumento conforme avanzaban, pero el paso de los años las había hecho inservibles. Por ello, el delgado humano de la túnica verde, llevaba del brazo una linterna de aceite cuya luz creaba sombras informes en las enmohecidas paredes.

– Necesito un par de cervezas – el enano habló por primera vez -. Este lugar no presagia nada bueno. Piedra toscamente tallada y oscuridad, sólo oscuridad. Como diría mi amigo Kradick, la oscuridad únicamente es buena en compañía de una mujer.

– Quizá Shagar esté dispuesto a satisfacer esos deseos, amigo. Pero, ten paciencia. En cinco minutos descubriremos que este sitio está vacío y nos iremos – el medioelfo se detuvo y fijó la vista en un objeto brillante que reposaba sobre el suelo-. ¡Qué curioso! Ese trozo de metal apenas está oxidado.

– ¿Qué es?

– No lo sé, parece una especie de aguja, pero de dimensiones desproporcionadas.

– Será algún instrumento de tortura – insinuó el mago-. Por lo que sé, los pueblos bárbaros de esta zona efectuaban ritos rudimentarios en sus enemigos con el fin de descubrir las posiciones de sus bandas armadas y de sus asentamientos.

– Sin embargo no tiene óxido – comentó el medioelfo -. ¿Cuántos años tienen esas tribus?

– Unos setecientos. Vivieron por esta zona hacia el 3300 de nuestra era, durante la época dorada de los Carinenses. En los escritos de uno de los historiadores de la época se comentaba su existencia. Al parecer, existió algún tipo de acercamiento comercial entre Carino y esta raza.

– ¿Qué les ocurrió? – preguntó el enano.

– ¿Qué quieres decir?

– ¿Por qué han desaparecido?

– Fueron conquistados por algunas tribus norteñas que se mezclaron con sus habitantes. La afluencia de asaltantes orcos y de lagartos de los páramos fue la causa de que emigraran a regiones más seguras. Algunos fueron a Calym convirtiéndose en nuestros antepasados y se dice que otros viajaron al este, a través de las montañas. Muchos grupos de orcos siguen rondando la zona, y se rumorea que cosas peores.

– No es mi intención interrumpir – espetó el clérigo, que escuchaba atentamente al final del corredor -, pero percibo un ligero ronroneo por esa zona. No, más bien parece un ronquido.

– Parece que no estamos solos después de todo – murmuró el guerrero malhumorado mientras recogía su hacha del suelo.

– Sigamos. Aprovecharemos el factor sorpresa.

El grupo caminó en sigilo durante un trecho hasta llegar a lo que parecía el final del pasillo. En lugar de puerta, éste terminaba en una reja de fuertes barrotes que comunicaba con la sal anexa. Por suerte, el acceso estaba entreabierto. El enano se percató de ello y se lanzó entusiasmado hacia la estructura metálica. El medioelfo le detuvo prudentemente.

Ledian Sal'Attan (no original)

Ledian Sal'attan (no original)

– Tranquilo – susurró -. Primero tenemos que asegurarnos de que no hay nadie ahí dentro – el mestizo se volvió hacia el clérigo -. Shagar, dinos que es lo que ves.

Aunque el medioelfo veía bien en la oscuridad, los elfos puros poseían una visión capaz de percibir los espectros de calor. Si bien, no era indispensable para vivir, resultaba muy útil a la hora de enfrentarse a enemigos ocultos o invisibles.

– No parece haber nadie, y tampoco oigo los ronquidos. Es un sitio muy grande y está rodeado por hileras de asientos de piedra. Parece que aquí se celebraban luchas de gladiadores. Los participantes entrarían por esta reja de aquí, aunque hay dos más a los lados – el elfo fijó la vista en un rincón de la sala -. Hay un lugar que no alcanzó a ver en esa esquina. Es demasiado oscuro incluso para mí.

– Será más prudente que nos preparemos.

– Muy bien – contestó Shagar -. Tallit, necesitaremos luz. Prepara algún conjuro.

– No hay problema – dijo el mago.

– Ledian, no se si necesitaremos a tu perro…

– Zorro – corrigió.

– Lo que sea. Llámalo de todas formas. Más vale prevenir.

– ¿Y yo que hago? – preguntó impaciente el enano.

– Con que controles tu estupidez será suficiente, enano.

– Malditos elfos – gruñó -, os creéis muy inteligentes, ja. Pero ya me pedirás ayuda en la batalla. Y recuerda, el hacha de un enano nunca ayuda a un elfo, nunca.

– ¿Ni siquiera a mí, Broger? – repuso Ledian.

– Quizá contigo haga una excepción.

El medioelfo se apartó del grupo y extrajo de su cinturón un silbato de hueso. Ledian gozaba de un gran tacto con los animales y era común que éstos fueran utilizados para ayudar en el rastreo. Los animales gozaban de un gran respeto por parte de su dueño, incluso cariño. Por esta causa, la pérdida de su compañero significaba para él una gran desgracia.

Ledian sopló con todas sus fuerzas sin que se produjera ningún tipo de sonido. Sin embargo el elfo si lo percibió, por lo que se molestó visiblemente. A los pocos segundos, una silueta grisácea, casi blanca, se perfiló al final del corredor. Se trataba de un hermosísimo ejemplar hembra de zorro ártico, de porte majestuoso y rápido como el viento. Al instante el animal ya estaba siendo acariciado por su dueño.

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2 comentarios to “Capítulo 1 – El Último Trabajo (Parte 1)”

  1. Alasrhiel Says:

    Buen trabajo!!! Me deja con la intriga de saber que pasará luego. A ver si pronto actualizas con más. Supongo q la semana q viene.

    Un saludo
    Alas

  2. Anónimo Says:

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