Capítulo 1 – El Último Trabajo (Parte 2)

Parte 2 – El inquilino

– ¡Luz! – exclamó el medioelfo sonriendo. El mago que aún estudiaba su libro de hechizos levantó la cabeza.

– Ya voy. Esperad un minuto – el enano y el medioelfo soltaron una carcajada.

– Me parece que nuestro amigo está algo confuso, ¿no crees, Broger?

– Sin duda debería prestar más atención.

– ¿Qué demonios estáis diciendo? – replicó Tallit con voz estridente -. ¡Bah, es igual! Voy a terminar con esto – el mago extrajo un saquillo de polvo amarillento de su túnica con el que roció la punta del bastón. Con voz gutural pronunció una serie de palabras arcanas mientras agitaba su mano sobre el trozo de madera. El bastón comenzó a brillar tenuemente hasta alcanzar un intenso resplandor anaranjado que se proyectó por todo ese sector del corredor. Finalmente, el brillo se estabilizó y el mago descansó aliviado.

Los aventureros, ya preparados, se dispusieron a penetrar en la gran sala. La puerta chirrió ligeramente al abrirse y Shagar la atravesó en un suspiro. El mago entró en segundo lugar y su bastón iluminó la amplia bóveda que contemplaba toda la arena. Debido a su forma parabólica, los rayos de luz anaranjada rebotaron convergiendo sobre los compañeros y cegándolos por un instante. Cuando por fin se recuperaron, se decidieron a analizar más concienzudamente el lugar que los rodeaba. Los asientos de roca presentaban en su superficie numerosas erosiones llegando incluso a haberse desprendido en parte en algunas zonas de la estancia. El resto de la habitación estaba cubierta por una espesa capa de ceniza sobre la que, cada vez que los mercenarios pisaban, se creaban voluminosas volutas de polvo ennegrecido que volvían a depositarse lentamente sobre la superficie. El zorro olisqueó la ceniza intrigado y estornudó. Entre las gradas se divisaban otras dos rejas idénticas a la que antes habían atravesado, aunque esta vez cerradas.

El enano avanzó hasta el centro del lugar y observó decepcionado la sala. Los muros sobre los que descansaba la gran bóveda carecían de cualquier tipo de decoración. El basto granito dominaba toda la estructura, excepto en aquellos lugares donde desaparecía para dar paso, durante el día, a una tenue luz solar. Cada uno de estos agujeros, a modo de ventanas, presentaba una forma irregular diferente sin ningún tipo de orden.

Shagar, el clérigo elfo (no original)

Shagar, el clérigo elfo (no original)

– Esto es un insulto a la arquitectura – comentó enfadado Broger -. Hasta los meaderos de las cadillas merecen un mayor respeto artístico – las cadillas eran una especie rumiante autóctona del las praderas del sur del continente muy similares a las ovejas aunque algo más pequeñas. Pastaban en grandes rebaños dirigidos por los pastores de la zona.

– Piensa que se trata de una sociedad muy primitiva. Probablemente no tuvieran ni la cultura ni los medios necesarios – replicó Tallit levantando su bastón para iluminar mejor los muros de la sala.

– Si los sitios donde vivían son así no me puedo imaginar como serían los meaderos de sus cadillas – bromeó Ledian.

– Compadezco a sus cadillas – añadió enano.

El elfo, que hasta ese momento escuchaba con la mirada ausente, intervino en la conversación.

– Parece que esa es la única salida – susurró, señalando a un oscuro pasadizo que surgía de una de las gradas derruidas -. Manteneos alerta. Yo iré delante.

Los cuatro avanzaron hasta el negro agujero y agacharon la cabeza para pasar por debajo de los asientos de piedra. Luz se mantenía a lado de su dueño gruñendo continuamente. Al final del pasillo se percibía un brillo bastante intenso. El corredor era poco más largo de unos cuantos metros y comunicaba con una sala algo más pequeña que el coliseo, pero también de un gran tamaño. Cuando entraron, comprobaron que varias antorchas colgaban de las paredes iluminando la estancia. Pero no fue eso lo que les llamó la atención.

Ante ellos se presentó una imagen que habría hecho vomitar al más duro de los habitantes de la ciudad. La sala estaba completamente cubierta de cadáveres putrefactos, en su mayoría orcos. Desde simples montones de huesos hasta despojos cubiertos de gusanos y otras alimañas necrófagas, los diferentes restos devorados discurrían por la estancia en una sangrienta combinación. Los aventureros se llevaron las manos a la nariz para evitar respirar los vapores que emanaban del suelo.

Pero ellos eran mercenarios, y estaban acostumbrados a soportar peores y más crueles torturas. No se podía decir lo mismo de Tallit, que a pesar de haber pasado por iguales sinsabores, aún no se había habituado a ese olor nauseabundo. El mago no tardó en sentir arcadas y vomitó en una esquina, lo cual no resultó nada repugnante, dada la situación.

A pesar de la inmundicia, un lado de la sala permanecía relativamente limpio y en el se amontonaba una ingente cantidad de paja. Sobre ella, la pared presentaba una serie de muescas en las que descansaban numerosos objetos mundanos similares a la aguja que antes habían encontrado. El túnel bajo las gradas parecía ser la única entrada.

Shagar trepó sobre el montón de paja y tomó un objeto de una de las lejas de piedra. Se trataba de un vaso de metal en el cual se habían trabajado una serie de incisiones que cubrían toda la parte externa. Ledian se acercó intrigado a su compañero:

– Si la razón no me indujera a pensar que eso es un vaso, juraría que parece un dedal gigante – repuso.

– ¿Qué clase de criatura querría tener un recuerdo de estas dimensiones?

– Quizá no sea un recuerdo. Tal vez la criatura que habita este lugar tenga el tamaño suficiente como manejar esos utensilios. Pero espero equivocarme.

– No es posible. No hay ningún lugar por donde pueda entrar. – en efecto, las paredes de roca que protegían el cubículo apenas dejaban paso a contados respiraderos desde donde las corrientes de aire atravesaban la habitación acariciando las llamas de las antorchas que crepitaban murmurando palabras incomprensibles.

Tallit, aún algo mareado, salió del recinto por el estrecho túnel. Necesitaba urgentemente tomar el aire o sufriría otro ataque de vómitos. En aquel momento nadie se acordaba de los gruñidos que les habían llevado hasta allí. Incluso Broger, más prudente por naturaleza, corría entusiasmado de un lado a otro registrando los cuerpos mutilados en busca de algo de valor. No tardó en encontrar bastantes armas útiles, en su mayoría orcas, y en bastante buen estado. Junto con las tres espadas y la hachuela, el enano acumuló unas cuantas monedas de cobre y un colgante barato bañado en plata. Sin embargo, el guerrero no quedó nada satisfecho. Después de haber recorrido tantos kilómetros para llegar hasta allí, imaginaba encontrar algún objeto de más valor. Decididamente, no vivían precisamente en la edad de los aventureros.

– ¿A donde diantres tenemos que ir para encontrar algo que se pueda vender bien? – repuso enfadado -. Recordáis cuando empezamos. No eran buenos tiempos, lo reconozco, pero al menos podíamos vivir cómodamente. Ahora ni siquiera compensa el esfuerzo que hacemos.

El elfo se volvió molesto. Ya habían tenido esa conversación varias veces y no toleraba que se cuestionara la utilidad de la Unión de Aventureros.

– Recuerda que no sólo trabajamos por dinero, sino por la seguridad de los ciudadanos de Imperia y del resto de Calym.

– Pues bien, señor elfo protector de la justicia. No veo que aquí haya nada que perturbe la tranquilidad de nuestros convecinos a los que tanto debemos – se mofó el enano.

Cuando Shagar iba a replicarle un grito desgarrador resonó en la bóveda del estadio. Los tres amigos buscaron al mago por toda la sala.

– ¿Dónde está el mago?

– Debe de haber salido. Tenemos que llegar hasta él antes de que sea demasiado tarde.

Los tres salieron corriendo por el túnel. En el exterior oían los gritos desesperados de su compañero. Cuando llegaron a la salida y observaron la escena, comprendieron la razón de sus alaridos. La fiel compañera del medioelfo comenzó a ladrar en actitud agresiva.

Broger, el enano (Dan Scott)

Broger, el enano (Dan Scott)

Una inmensa mole de carne rugía en el centro de la arena agitando los brazos peligrosamente. En uno de ellos llevaba una monstruosa maza de madera y en el otro, el indefenso mago se debatía por liberarse de las garras de su opresor que lo sujetaba por las piernas y lo sostenía boca abajo.

Su piel, de un color grisáceo semejante al de las paredes de la fortaleza, parecía áspera y seca, y apenas cubría su inmenso cuerpo con una gran trozo de cuero gastado y cosido bastamente. Sobre su cara caían largos mechones de cabello sucio y desaliñado en el que se distinguían claramente varios parásitos. Sus dos ojos, extraordinariamente pequeños en comparación con su tamaño, se movían inquietos y saltones sin rumbo fijo. El elfo comprendió enseguida que el monstruo estaba prácticamente ciego y se lo confirmó a sus compañeros.

Broger no recordaba haber visto a un ser de esta raza desde hacía largo tiempo. Recordó aquella aventura en la que él y sus hermanos se internaron demasiado en las cavernas del Reino de Balud en la cordillera Ebánica donde los enanos cavaron y situaron su morada. Rememoró el momento en que se perdieron en aquella oscura y húmeda gruta y acabaron todos en la guarida del ogro de las cavernas. Afortunadamente sus padres lograron encontrarlos, pero nunca olvidaron lo que la prudencia significa en la vida.

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