Capítulo 1 – El Último Trabajo (Parte 3)

Parte 3 – La pelea

Sin embargo, este ogro no era de la misma familia, y aunque se parecía bastante, el enano estaba convencido de que no era de la familia de las cavernas, pues estos ogros tenían una vista de lince y carecían por completo de pelo y estaba claro que la bestia melenuda no veía tres en un burro.

En ese instante, la mole olisqueó el aire sulfuroso de la habitación y percibió la presencia de sus inesperados invitados. Sus ojillos se dirigieron de inmediato al grupo que se perfilaba tenuemente sobre la pared. A pesar de su escasa inteligencia, el ogro comprendió que aquellos no eran orcos. Aquello lo confundió, pero en ningún caso evitó que intentara deshacerse de ellos. Levantó su pesada arma con lentitud y trató de golpear a los mercenarios. Los tres se apartaron a tiempo de evitar el golpe, que provocó una tremenda nube de polvo que se extendió por toda la habitación.

Tallit, el mago (no original)

Tallit, el mago (no original)

Los aventureros tosieron aturdidos y trataron de distinguir algo entre la ceniza. Cuando por fin se despejó la habitación, Ledian observó atónito como el zorro había saltado sobre el brazo del gigante que trataba inútilmente de deshacerse de ella. Ante la imposibilidad de usar su otro brazo, con el que aún sujetaba al mago, lanzó a Tallit al suelo. El hechicero dio varias vueltas de campana hasta yacer inconsciente a un lado de la habitación. El ogro apartó de un empellón al animal y rugió de rabia. Si algo había que le enfureciera era que le opusieran resistencia.

Shagar, que había observado la escena desde su posición divisó el cuerpo del mago caído al otro lado de la sala.

– ¡Enano! ¡Recógelo y lleváoslo por el pasadizo! – dijo señalando la abertura en la roca -. ¡Yo intentaré distraerle! – a continuación sacó una botella diminuta de uno de sus bolsillos y se arrodilló en el suelo. Mientras tanto, Broger y el medioelfo sujetaron al mago y lo llevaron a rastras hacia el escondite. Ledian llamó de un silbido a su animal que corrió a reunirse con ellos.

El ogro no vio como huían pero si escuchó voces a su espalda. En el suelo, el clérigo sostenía su bastón verticalmente mientras rezaba a su diosa palabras incomprensibles. El humanoide avanzó hacia él. Shagar terminó su retahíla y vertió unas gotas del líquido del botellín sobre el símbolo de Syrene de su vara. El ogro levantó de nuevo su maza dispuesto a aplastar al elfo, que sin inmutarse comenzó otra oración. La contundente arma cayó sobre el clérigo, pero no logró su objetivo. Antes de que la maza golpeara, el elfo cesó de hablar y dirigió su bastón hacia el estómago de la criatura. Seguidas de un destello azulado, las gotas del líquido se concentraron rápidamente en torno al símbolo y ganaron volumen. Aunque parecía imposible, un potente chorro de agua salió disparado hacia el ogro, que empujado por el líquido cayó de espaldas sobre las cenizas. Inmediatamente después se desató un gran torrente espumoso de un color verde esmeralda que cubrió todo el estadio y, por supuesto, al ogro.

El agua desapareció absorbida por el suelo, y lo que antes había sido ceniza se convirtió en un fango oscuro y pastoso de un aspecto sucio y desagradable y con un tono muy parecido al de la sangre seca. El elfo se preguntó si realmente no era aquello lo que estaba pisando. En el centro del estadio un gran bulto cubierto de aquel barro permanecía inerte sobre el suelo. El clérigo de Syrene se acercó con prudencia al inconsciente ogro. Normalmente, un conjuro de las características del que él había lanzado podía ahogar a cualquier criatura de tamaño medio, sin embargo el elfo no las tenía todas consigo. El ogro era un ser monstruoso y debía de tener una gran resistencia. Cuando llegó al lado del gigante golpeó suavemente el costado del humanoide con la punta de la bota. No ocurrió nada. Shagar se inclinó sobre el rostro del ogro y limpió con desagrado el barro de su cara. Tenía los ojos abiertos de par en par, pero parecían mirar al vacío carentes de vida. El sacerdote abofeteó al ogro varias veces sin ni siquiera percibir un parpadeo. Tampoco tenía pulso, aunque posiblemente su gruesa piel evitaba que los latidos de su corazón se sintieran en el exterior. Aunque reticente, el prudente elfo decidió alejarse del cadáver y reunirse con sus compañeros.

Cuando Shagar llegó al cubil el mago ya había despertado. Más que asustado, Tallit parecía molesto por alguna razón y estaba impregnado de polvo hasta las cejas. El enano y el medioelfo le habían tumbado sobre el jergón y le habían tapado con una capa. Ledian se giró hacia el elfo.

– ¿Qué ha ocurrido?

– El…lo que sea parece muerto – Shagar no sabía exactamente con que clase de criatura se había enfrentado.

– Era un ogro – aclaró el enano – aunque no sé con exactitud de que tipo.

– Era un ogro pálido – le interrumpió Tallit que parecía muy recuperado -. Su sangre es oscura y transparente de ahí su color de piel.

– En mi vida había oído hablar de ellos – repuso Ledian.

– Por supuesto que no. Se extinguieron hace miles de años – el mago saltó del gran montón de paja y se dirigió hacia el pasadizo. Los demás le miraron, sorprendidos por su aseveración -. ¿Estás completamente seguro de que ha muerto?

– Le lance un torrente de agua sagrada. Casi nadie sobrevive a eso. ¿Qué quieres decir con que se extinguieron hace años? Como es posible que algo que ya no existe se presente ante nosotros y nos ataque – Shagar parecía incrédulo.

– No lo sé. A mí también me cuesta creerlo – el mago miró por el agujero -. Tenemos que salir de aquí – el hechicero hizo una pausa -. Por si acaso.

Ledian que había mantenido un silencio sepulcral durante la conversación decidió intervenir. Por su parte, el enano se paseaba nervioso por la estancia murmurando improperios en su lengua natal.

– No sé si recordáis que la Unión no nos pagará si no le llevamos una prueba de nuestro éxito – inquirió el medioelfo.

– Al diablo con la Unión – bramó Broger -. La última vez que me encontré con un ogro casi me cuesta la vida. Ni siquiera una cuadrilla de enanos experimentados pudo acabar con él – el individuo aún recordaba con pavor la traumática experiencia vivida durante su infancia.

– De acuerdo, amigo – repuso Ledian resignado -. Supongo que después de todo este es el final de esta aventura.

El mestizo sabía que si esta vez no conseguían nada, muy difícilmente podría continuar trabajando como mercenarios. Afortunadamente, tenía muchas otras habilidades. ¿Quizá el ejército? Descartó esa posibilidad. No le gustaba luchar contra humanos, elfos y enanos y cuando tenía que hacerlo lo hacía siempre por alguna buena razón. Lo que no sabía el medioelfo era que el peligro que corrían en la fortaleza aún no había acabado. Los aventureros no se preguntaron en ningún momento porque aquel cubil en el que estaban carecía de una entrada mayor que el diminuto pasadizo subterráneo, ni se cuestionaron el tamaño sobrenatural de las herramientas que allí se encontraban. El sacerdote había decidido que aquel podía ser un buen refugio temporal, sin embargo, no podía estar más equivocado.

Y en efecto, la relativa paz de la que estaba disfrutando se truncó de repente cuando un sonido ensordecedor restalló sobre sus cabezas. El techo temblaba y con él toda la estancia. Tallit se lanzó hacia la paja asustado y el resto apenas tuvo tiempo de descubrir lo que causaba el terremoto. Luz, que hasta ese momento había corrido de un lado a otro olisqueando los cadáveres orcos, se irguió sobre sus patas traseras y comenzó a ladrar hacia arriba.

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El ogro pálido (Fuente: http://www.rlhdesign.net/images/)

El rugido del temblor cesó y el techó se abrió dejando pasar haces de luz a través de las rocas. Los temores del enano se confirmaron y poco a poco la pétrea bóveda desapareció ante sus ojos y en su lugar se dibujó la aterradora figura del ogro. De alguna manera el monstruo había sobrevivido y el gran torrente de agua hechizado no parecía haberle afectado en absoluto, al contrario, le había enfurecido aún más. Esa era la razón por la cual aquel refugio no tenía más que la entrada subterránea. En definitiva, el ogro no era tan inepto, y utilizaba con frecuencia el pasadizo para atrapar a los intrusos incautos que por el entraban. Pero esta vez Tallit le había sorprendido y había tenido que cambiar de planes. Sin embargo los aventureros cometieron otra vez el estúpido error de internarse de nuevo en el refugio y el gigante no desperdició la oportunidad que le brindaron.

Shagar constató en un vistazo que la única salida permanecía demasiado alejada del grupo. No había otra opción que luchar o morirían en aquella madriguera. No fue necesario advertir a los demás que ya estaban sujetando sus armas. Tallit seguía escondido en el áspero camastro sin asomar la cabeza. Mientras tanto, el ogro ya había apartado del todo la gran roca que cubría el lugar y recorría con la mirada a los amigos con evidente cara de satisfacción. De su boca gotearon unas pegajosas babas que se fueron a mezclar con las ya de por sí vomitivas inmundicias.

Ledian extrajo una flecha de su carcaj y la colocó cuidadosamente en la cuerda de su arco. El arma chasqueó y el proyectil fue a rebotar sobre el duro pecho del enemigo. Sorprendido y contrariado blandió su espada. El ogro pálido apenas notó la sacudida. Con un torpe salto, el gigante saltó en el boquete casi logrando aplastar al enano que se apartó justo a tiempo. Éste contraatacó con su hacha y la clavó en el tobillo del ogro que gritó de dolor. Una sangre parda y transparente, como había predicho el mago, resbaló por la piel del monstruo. Broger recibió un puntapié que lo lanzó golpeándolo contra la pared.

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Una respuesta to “Capítulo 1 – El Último Trabajo (Parte 3)”

  1. Flush Says:

    Buen trabajo, aunque el mapa no se ve muy bien.

    Saludos

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