Capítulo 1 – El Último Trabajo (Parte 4)

Parte 4 – La recompensa

Tenemos que salir de aquí – gritó Shagar – o nos matará a todos.

El elfo ayudó al enano a levantarse y ambos trataron de alcanzar la salida. Pero no pudieron avanzar más de dos zancadas sin toparse con la imponente figura de su enemigo que taponaba el pasadizo. Estaban atrapados. El medioelfo, que había lanzado un par de flechas más con el mismo resultado, trastabilló hacia el fondo de la habitación. Su peluda compañera seguía ladrando y rugiendo impotente.

En ese instante, un ruido atronador acalló los sonidos de la batalla. El ogro comenzó a temblar compulsivamente. Su cuerpo echaba chispas y pequeños relámpagos azulados. Los compañeros presenciaron anonadados como el monstruo se electrocutaba. Sus ojos se quedaron en blanco a los pocos segundos. Sus piernas, antes fuertes, se doblaron carentes de vida y sus rodillas tocaron el suelo. Finalmente, cayó pesadamente y murió.

El enano y el elfo se quedaron petrificados. Sus cerebros funcionaron a toda velocidad intentando encontrar una explicación lógica a la súbita muerte del gigante.

– ¡Al final soy yo el que siempre os tiene que salvar el trasero! – gritó una voz desde lo alto. Los tres mercenarios levantaron la cabeza. Asomando por el techo, sobre las gradas, el hombre de la túnica verde parecía seguir enfadado.

– ¡Tallit, amigo! – repuso el medioelfo –. ¡Pensábamos que estabas ahí escondido cagándote en la túnica!

– Pues os equivocabais. Y ahora, si me disculpáis… – y diciendo esto desapareció de su vista tal y como había surgido.

Al minuto una cabeza asomó por la entrada del pasadizo. El mago se levantó, se sacudió la túnica y se arrodilló ante el ogro para comprobar sus constantes vitales. Después de realizar multitud de pruebas, haciendo callar cada vez que se le interrumpía con un maleducado ¡Chisst!, hizo un gesto de amarga satisfacción y se levantó de nuevo. Tallit miró intrigado al resto del grupo.

– ¿Y bien? – preguntó.

– ¿Cómo diablos has conseguido salir de esta ratonera? – inquirió el enano –. ¡Ya lo sé! – exclamó triunfante. Después de ver al ogro muerto su alegría se había desbordado -. Habrás utilizado uno de tus conjuros de teletransporte.

– Eso no existe – dijo Ledian.

– Estoy seguro de que sí. He oído historias de individuos que lo han hecho – repuso Broger.

– ¡Callaos! Y dejad que se explique – interrumpió el clérigo que como siempre encontraba cargantes las infantiles riñas de sus compañeros.

– En realidad yo… – el mago no sabía como continuar – Bueno… No es que haya hecho un hechizo ni nada parecido. Lo que ocurrió es que mientras estabais luchando… me escabullí por el pasadizo – esto último lo dijo muy rápido y entre dientes.

– ¡Ah! Ya me parecía a mí – rió el medioelfo –. En cualquier caso nos has salvado la vida y te estamos agradecidos.

– ¡¡A mí nadie me ha salvado la vida!! – rugió el enano –. Aún es más. Ya le había herido en una pierna y estaba a punto de caer bajo la hoja de mi hacha.

– Lo que tú digas, compañero – se mofó Ledian.

Shagar se apartó rápidamente de la nueva riña estúpida entre el enano y el mestizo y avanzó hacia el cadáver. Extrajo cuidadosamente una fina daga de acero con incrustaciones de corindón azul en su empuñadura. Era Tridente, el arma ceremonial que la había otorgado la Orden de Syrene el día de iniciación. Para él era algo más que un símbolo. Era la prueba de que de alguna manera su fe en la diosa de los océanos había dado resultado. Era la prueba que le hacía estar seguro de que su diosa existía. Algo que últimamente mucha gente se estaba cuestionando. El hecho de ser clérigo de Syrene no era un impedimento para que trabajara como mercenario. Al contrario que en otras cofradías, los sacerdotes de la diosa de los océanos no estaban ligados a la institución y debían de ganarse la vida por su cuenta, eso sí, respetando los valores básicos recogidos por la secta. Shagar hacía, lo que a su entender, era lo correcto.

Sombra demoniaca (no original)

Sombra demoníaca (no original)

El elfo levantó la cabeza del ogro pálido y la sujetó fuertemente. Con la daga, cercenó limpiamente la oreja del humanoide y la envolvió cuidadosamente en un pañuelo azul. El trozo de tela estaba impregnado de un líquido conservante en el cual el apéndice no se podía descomponer. Shagar metió el pañuelo en una cajita de marfil y guardo a Tridente en su vaina.

– He recogido una prueba para la Unión – dijo al llegar hasta sus compañeros. Ledian y Broger habían dejado de discutir y charlaban amistosamente. El mago asintió con la cabeza con la mirada distante.

– ¿Qué haremos ahora? – preguntó el mestizo, mientras acariciaba a Luz.

– Tenemos que descansar. Ha sido un día muy duro. Además ya debe de ser de noche – el elfo miró a su alrededor -. Creo que éste es un lugar apropiado para levantar el campamento ya que el ogro ha sido eliminado. No creo que nada nos moleste por ahora.

Los demás asintieron y se apartaron del lugar donde yacía el cuerpo del gigante. Entre todos limpiaron el jergón y echaron la paja sobre el ogro y sobre el resto de la inmundicia. De esta manera, consiguieron crear una zona lo suficientemente soportable como para echar una cabezada.

Por la noche, los cuatro descansaban en torno a una hoguera. Ledian se había estado preguntando durante toda la tarde el motivo por el cual un ogro que se había extinguido rondaba por el lejano este. Hasta ese momento no había molestado al mago, que se había comportado de manera muy distante desde que matara al monstruo. Por fin, creyó que era el momento de saber más sobre esos ogros.

– Tallit – el hechicero le miró indiferente. El enano y el elfo ya estaban dormidos – Me gustaría que me contaras más sobre esos ogros pálidos de los que hablaste.

– Ya dije todo lo que tenía que decir – respondió el mago y se tumbó sobre sus pertenencias.

– Pero, sigo sin entender como han podido regresar. ¿Por qué desaparecieron?

– Deberías ser menos curioso – contestó el otro quedamente – no es algo de lo que se pueda charlar a la ligera.

– No puedo evitarlo. Siento curiosidad. Cuéntamelo todo.

– Está bien. Si ese es tu deseo – Ledian escuchó expectante -. ¿Has oído hablar de la Edad Oscura?

– Sí. Fue la etapa anterior a nuestra era. Hace unos cinco mil años.

– En realidad, esa es una apreciación vaga. Según varios estudios la época real de esa era se remonta a hace unos cincuenta mil años.

– ¡Vaya! – exclamó el medioelfo sorprendido.

– Durante la Edad Oscura, corrían malos tiempos para la vida de las razas libres del planeta. De ahí su nombre. Las leyendas cuentan que el mundo estaba dominado por las sombras demoníacas de los dioses del Caos. El equilibrio natural entre el bien y el mal estaba sufriendo uno de sus peores desniveles. En realidad, lo que ocurría es que a diferencia de ahora, las razas benignas eran minoritarias y todo tipo de criaturas y monstruosos seres recorrían las praderas, montañas y llanuras de Calym. Los humanos se escondían en cuevas de la misma manera que ahora lo hacen los orcos o los hombres perro.

– ¿Qué hay de los elfos?

– Los elfos y los enanos surgieron después y fueron evolucionando cuando los humanos se distribuyeron por el mundo. Debes saber que los hombres no se parecían en nada a los humanos actuales. Todos eran altos y delgados y con rasgos físicos tremendamente similares. La raza humana había sido muy fecunda antes de la Edad Oscura. La tecnología de la que gozaban era muy superior a la actual y desafortunadamente no se conserva casi nada. Cuando llegó la oscuridad la gran mayoría fue exterminada poco a poco. Sólo los pocos que se unieron a los demonios gozaron de la libertad, pero pagaron un precio muy alto entregando su alma al mal absoluto – el mago chasqueó la lengua -. Sin embargo el poder de los dioses del Caos fue debilitándose y los humanos encontraron la forma de eliminar a las sombras demoníacas.

– ¿Cómo?

– Algunos dicen que les ayudaron los dioses del Bien. Otros creen que los demonios se pelearon entre ellos hasta destruirse por completo. E incluso existe la teoría de que los humanos que ayudaban a los demonios se rebelaron y ayudaron a los demás en un intento por recuperar su alma.

– ¿Tú que opinas?

– Personalmente no comparto ninguna de las tres. No son más que leyendas. Las cosas que ocurren no son tan fantásticas.

– Entonces, ¿qué pintan los ogros pálidos en todo esto? – preguntó Ledian.

– Los ogros vivieron durante esa época. Hay constancia de ello, pues se han encontrado restos óseos que revelan su existencia. Gracias a la magia se han podido descifrar sus características físicas y su comportamiento habitual. Lo que te quiero decir es que los ogros eran una de las razas que dominaban a los hombres durante la Edad Oscura – Ledian observó detenidamente al mago, que parecía muy cansado.

– Eso no presagia nada bueno – repuso.

– Por fin lo has entendido – dijo Tallit.

Ledian apoyó la cabeza sobre su equipaje y meditó sobre lo que acababa de escuchar. Su mente comenzó a materializar ideas absurdas que pronto se convirtieron en confusos pensamientos. Finalmente se durmió. Aquella noche, los cuatro tuvieron pesadillas.

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