Capítulo 2 – Las ciénagas de las civilización perdida (Parte 1)

Parte 1 – La partida

La noche se hizo día, y en la tenebrosa fortaleza algunos haces de luz se atrevieron a atravesar sus gruesos muros. El grupo despertó en la penumbra. El aire se hacía más y más bochornoso, y el hedor que los había acompañado durante la noche resultó ser bastante más desagradable de lo que esperaban.

Los aventureros recogieron sus pocas pertenencias y marcharon en la sombra en busca del aire y la luz que en ese momento era lo que más necesitaban. Atravesaron de nuevo el pasadizo de las antorchas y por último el gran portalón de la entrada. La brisa acarició de nuevo sus cuerpos y la intensa luz del páramo les cegó, pero esta vez el aire no era frío y limpio, sino que abrasaba sus pulmones y su piel. Así era el ambiente en los páramos del este.

Un paraje seco y desolado se extendía en todas direcciones. Salvo algunos secos arbustos espinosos, la tierra era yerma y reseca. De no ser por la útil brújula de Tallit el grupo se hubiera perdido irremisiblemente en el desértico paisaje. El mago la sacó de nuevo al salir de la fortaleza y con extraordinaria rapidez indicó a sus compañeros la dirección que debían tomar, hacia el oeste, justo al otro lado de la puerta que acababan de atravesar. Los cuatro caballos seguían allí. Eran de lo mejor de Imperia. Quizá lo único bueno que habían recibido de la Asociación. El enano y el mago montaron con dificultades y siguieron a los otros dos lentamente.

El medioelfo controlaba a su zorro acariciando suavemente su lomo con el talón. El animal ladraba alegre ante el nuevo ambiente luminoso y aireado cruzándose por delante de la montura de su amo continuamente. Ledian observó el páramo con detenimiento mientras rodeaban el castillo. Si no fuera por los relatos de las bibliotecas hubiera jurado que ellos cuatro eran los únicos que habían pisado estas tierras en miles de años. Los únicos excepto los orcos, que parecían estar en todos los lugares abandonados. El medioelfo se dirigió hacia Shagar que trotaba ligero sobre el agrietado suelo.

– ¿Qué planes tienes?

– Estamos a unos mil kilómetros de las ciénagas. Si avanzamos deprisa tal vez las alcancemos en unos cuatro o cinco días. Después tendremos más problemas. La zona será demasiado pantanosa para los caballos en esta época del año. Cuando pasamos hace un mes aún no habían llegado las lluvias.

– Tendremos que prescindir de los caballos o nos demoraríamos demasiado, aunque es una lástima – dijo acariciando al noble animal que montaba.

– Tienes razón. Tendremos que atravesar los promontorios y estos animales no están hechos para trepar montañas – el elfo tiró de las bridas y se apartó de su compañero para reunirse con Tallit y con Broger.

La fortaleza quedó atrás y de nuevo, la inmensidad del páramo se extendió tanto a sus espaldas como por delante de ellos.

– Tendremos que galopar unos días hasta las ciénagas y después abandonaremos a los caballos y atravesaremos los promontorios rocosos a pie – anunció el clérigo.

cienagas

Las ciénagas (no original)

– ¿Y después qué? – preguntó el enano que parecía algo molesto con la situación.

– ¿Qué insinúas?

– Insinúo que tal vez no tenga sentido que sigamos en esta farsa de trabajo. Cuando nos presentemos en Badenburgo con esa “oreja” no creo que nos paguen más de veinte blasones por cabeza. Sé como se las gastan esos empresarios.

– ¡Hemos sido contratados para pacificar ese lugar –exclamó el elfo señalando a la ya lejana fortaleza – y si no estás de acuerdo creo que no deberías haber venido desde un principio!

– ¡Oh! ¡Por Lune! ¿Eso crees? Pues quizá tengas razón. A lo mejor no debería haber venido. Y créeme que cuando vuelva no pasaré por la capital sino que me dirigiré directamente a las montañas con mi pueblo.

– Está bien. Veté al feo agujero del que procedes. Yo cumpliré lo que se me ha mandado y si Syrene así lo desea no permitiré que nadie me aparte del camino.

Broger se apartó del elfo no sin antes dirigirle una mirada que no podía significar nada agradable.

– Bien. Pues si nadie tiene más que decir sigamos con el mismo plan– dijo el elfo ignorando la marcha del enano.

Tras cuatro días de trayecto se empezó a divisar en la lejanía las primeras zonas pantanosas de las ciénagas. Aquella región, que se extendía al sureste de Calym, permanecía deshabitada por su geografía accidentada y su casi irrespirable atmósfera. En el pasado, había sido un próspero lugar, nexo entre las culturas occidentales y orientales, y donde el comercio crecía en importancia. Su capital, Kalico, se erguía abandonada al norte del país. Por el centro de los pantanos discurría una serpenteante carretera, ahora anegada, que los aventureros tendrían que seguir para atravesar la peligrosa región y poder llegar a Imperia.

El grupo cabalgaba separado entre las aún secas tierras orientales. Ledian se adelantó hasta la posición del enano, que aún continuaba enfadado con el clérigo, con el fin de apaciguar sus ánimos. El zorro del medioelfo, cansado de correr detrás de los caballos, descansaba sobre la grupa del animal. Ledian pensó que no debía haberlo traído a esa misión. Hasta entonces, el medioelfo se había mantenido al margen temeroso de decantarse de uno u otro lado, pero se sentía cada vez más deprimido y el ambiente distante de sus compañeros no le ayudaba a ser más optimista. Desde pequeño había adquirido un carácter jovial y desenfadado. Su forma de ser le había ayudado a superar las continuas burlas a la que era sometido en su país natal tanto por elfos como por humanos. Algo que en Imperia no ero muy común, pues era un país acostumbrado a recibir gentes de todo el planeta, desde los lejanos desiertos de Hessearel hasta las cercanas zonas costeras de Sedere. Elfos, enanos, humanos, cuarques, graels y otra multitud de razas menores que poblaban Calym acudían a Imperia en busca de nuevas oportunidades. Ledian había decidido hace años lo mismo que muchos otros y, abandonando su país, buscó fortuna en las calles de Badenburgo. No tardó en lograr su propósito, y aquí estaba, con un enano gruñón, un humano apocado y aburrido, y con un elfo, que como es natural, no le tenía mucha simpatía.

Broger, que le había oído llegar meneó la cabeza contrariado.

– ¿Qué quieres?

– Sólo venía a ver como estabas – contestó el otro.

– Estoy bien – el enano espoleó su montura que inmediatamente aceleró el paso.

– A decir verdad – Ledian trató de seguirle -, tenías razón al respecto de abandonar.

Broger se detuvo.

– He estado pensando en todo aquello. Yo no soy muy estricto, ¿sabes? Trabajo a mi aire y divirtiéndome lo que pueda. Estos viajes son tremendamente aburridos y pesados. No sé si me entiendes –el enano asintió con un gesto – . Shagar no ayuda a que lo sean, pero no le culpo, supongo que ese es el carácter de los suyos. No lo creerías, pero es uno de los más abiertos de su raza. Uno de los del Gran Bosque no duraría ni dos horas con nosotros.

Luz, el zorro ártico (no original)

Luz, el zorro ártico (no original)

– ¿Y qué sugieres que hagamos?

– Estoy seguro de que no habrá más misiones después de ésta. Simplemente, trata de aguantar hasta llegar a Imperia. Podrás marchar al Norte en el cruce de Verdeburgo. Estoy seguro de que Shagar no pondrá objeción.

– Tú no le conoces. Es un desequilibrado. Vi odio en su mirada cuando dijo lo de su diosa. Su fe ciega niebla su mente. Es un fanático.

– Entonces ya lo veremos.

– ¿Se lo has comentado ya al mago? – preguntó el hombrecillo.

– No creo que ponga ninguna traba.

– Muy bien, amigo. Gracias por tu apoyo.

– De nada – dijo el medioelfo frenando el paso –, de nada – susurró.

Al cabo de unas horas el terreno estable que atravesaban dejó de serlo, convirtiéndose en una pastosa masa de medio metro de profundidad que los caballos atravesaban con dificultad. Decidieron entonces dejar allí los animales no sin antes cargar todo el equipaje sobre sus espaldas. Por desgracia para el enano el barro le cubría casi hasta el pecho lo que obligó a dos de sus compañeros a cargarlo en brazos hasta llegar a un lugar más seco. También Luz tuvo que ser cargada por el medioelfo. El grupo resultaba ahora de lo más peculiar.

La vegetación, antes seca, iba adquiriendo un aspecto cada vez más carnoso a causa de la humedad circundante, que iba acompañada de la variada vida animal que habitaba entre el fango. A cada paso que daban notaban con repugnancia, como pequeños anélidos, culebras y otras criaturas desconocidas rozaban sus extremidades y se metían en sus botas. A la rica vegetación y la interesante fauna se unía el asfixiante ambiente cargado de partículas de polvo. Resignados, avanzaban entre toses y estornudos.

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